Los motivos del puritano

Para muchos individuos la virtud no merece el nombre de tal si no se airea con afectación, se magnifica con aspavientos y finalmente se impone a los otros con todo rigor.
Por: José María Romera © EL CORREO. Miércoles, 24 de diciembre de 2003

Queriendo fundar en el Nuevo Mundo un territorio gobernado por la virtud, los peregrinos del Mayflower crearon una de las doctrinas más dañinas en la historia de la humanidad: el puritanismo. En nombre de la integridad moral, los puritanos quemaron a supuestas brujas en Salem e impusieron el horror persecutorio de Massachusetts. Pero, aunque las historias de sus desmanes estremecen a cualquier persona sensata, el puritanismo no ha perdido adeptos. Se le encuentra, a la vista o escondido, en todos los rincones. Ya no empluma a sus víctimas con alquitrán, pero las somete a otras formas más refinadas de escarnio público. No azota al pecador con látigos, pero sí con descalificaciones humillantes o reprobaciones demoledoras.

En teoría el rigor puritano no es dañino siempre y cuando sus apóstoles se lo apliquen a ellos mismos y dejen en paz al resto. A nadie se le puede negar el derecho -e incluso la ejemplaridad- de llevar una vida estricta conforme a las normas morales que considere adecuadas. Pero desgraciadamente parece que para muchos individuos la virtud no merece el nombre de tal si no se airea con afectación, se magnifica con aspavientos y finalmente se impone a los otros con todo rigor. El puritano es justamente aquel que, no contento con mantenerse fiel a sus principios particulares, se empeña que los cumplan también quienes le rodean. Y entonces suele ocurrirle que se aplica a esto último con tal tenacidad que a menudo olvida la primera parte, es decir, la exigencia para consigo mismo.

Recuerda Savater en ‘Ética para Amador‘ el cuento de la mojigata que hizo venir a la policía porque unos jóvenes se bañaban desnudos delante de su casa. Una vez que los policías pidieron a los muchachos que se alejasen a kilómetro y medio, la mujer volvió a insistir en su denuncia porque seguían molestándole cuando los miraba… con prismáticos. La intransigencia puritana, como la de la mujer del cuento, no defiende la virtud, sino que persigue al placer. No busca la felicidad, sino que se recrea en el juicio y se aviva con el escándalo.

En muy buena medida, el puritanismo es hijo de la ignorancia. Hunde sus raíces en un viejo temor supersticioso a la dicha, propagado por profetas siniestros y moralistas perturbados, según el cual todo disfrute lleva aparejado su correspondiente castigo. El puritano integérrimo es rehén de sus miedos y su inseguridad; emplea la rigidez moral como coraza para protegerse de fantasmagóricos castigos, y, si de paso puede dar unos cuantos mandobles a quienes en derredor suyo actúan libres de prejuicios, considera que eso refuerza sus posiciones.

Cuando las doctrinas se llenan de tabúes y las virtudes se convierten en sus tapaderas, surge la hipocresía. Escandalizarse de todo no es sino una manera de aparentar, de fingir, de mostrar hacia afuera lo que no se tiene la certeza de poder controlar por dentro. En la manifestación más obstinada y universal del puritanismo, esto es, la gazmoñería sexual, habría que preguntarse cuántas represiones y cuántos complejos no laten bajo la persecución de los cuerpos desnudos o de las manifestaciones espontáneas de amor físico.

Pazguatos

Pero la tentación puritana no aqueja sólo a los pazguatos que se espantan de un desnudo o anatematizan a una pareja homosexual. El mismo ímpetu prohibicionista se observa en la censura ideológica, en la crítica de costumbres o en los chismorreos vecinales. Tan puritano es el progresista ‘políticamente correcto’ que ve sexismo, racismo o impureza democrática en un simple chiste intrascendente como el feroz censor ensotanado que clama desde el púlpito contra la indecencia del universo mundo. Un buen número de las consignas, en apariencia filantrópicas, que circulan en nuestro tiempo en defensa de la salud pública, de los ‘derechos’ de los animales o de la protección de la naturaleza acaban en el absurdo intransigente cuando, en vez de aspirar a un mundo mejor, son esgrimidas por benefactores públicos con pujos justicieros. La inflexibilidad no es patrimonio de los rancios conservadores.

El puritano aspira a un mundo uniforme donde no tengan cabida el deseo ni la novedad, la imaginación ni la audacia. Desde su pedestal monolítico brama contra todo lo que ponga en duda sus pautas, sus prejuicios, sus certezas. En definitiva, no es sólo una cuestión de valores llevados al desquiciamiento. Es el regusto morboso y destructivo por ejercer alguna forma de poder sobre los otros a base de anularlos. Y es que a veces se empieza salvando al mundo y se acaba mandando a todos sus habitantes al paredón.

© EL CORREO. Miércoles, 24 de diciembre de 2003

One Comment to “Los motivos del puritano”

  1. nuria 3 febrero 2010 at 23:22 #

    un castigo que se utilizaba en el puritanismo, no era coser los ojos y la boca por difundir rumores?


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